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REFLEXION DEL CONSEJO DIOCESANO DE ACCION CATÓLICA
EN TORNO A LAS VÍCTIMAS DE LA CRISIS ECONÓMICA
Cuando se cumplen dos años de las primeras señales de que se avecinaba una crisis económica. mundial, el Consejo Diocesano de Acción Católica de la Diócesis de Orihuela-Alicante quiere compartir una serie de reflexiones sobre las repercusiones que está teniendo sobre las víctimas.
No se trata tanto de hacer un juicio técnico sobre lo que se debería o no debería haber hecho, sino sobre por qué hemos llegado a esta situación, quiénes son los perjudicados y desde qué claves como cristianos deberíamos situarnos.
A nuestro entender el origen de todo está en la codicia generalizada, tanto por parte de los que prestaban dinero a crédito sin control, como por parte de los que han ganado mucho dinero en los últimos años y ahora lo tienen a buen recaudo y también de todas las familias que vivían por encima de sus posibilidades como si la época de bonanza fuera a durar siempre, atrapados por los reclamos de la sociedad de consumo.
En el fondo, consideramos que se trata de una crisis de valores, que ha llevado al ser humano a desear, a acumular, a engañar sin límites. Y las víctimas de la inversión de la escala de valores, son las familias que dependían de contratos precarios, las que no han generado derecho a prestaciones por desempleo por haber trabajado en la economía sumergida, sobre todo los que dependían de la construcción y sector servicios. De la misma manera llama la atención como la juventud ha ido asumiendo con normalidad la precariedad, considerándose privilegiado quien tiene un trabajo precario, que le permite sobrevivir y que le inhabilita para la acción personal para intentar cambiar las cosas, por miedo a perderlo.
Según datos de Cáritas los enormes beneficios que se han generado en la última década, no han conseguido reducir el porcentaje de pobres, por lo que en este momento la vulnerabilidad se está transformando en exclusión social a pasos agigantados.
Para nosotros, seguidores de Cristo Resucitado, la Doctrina Social de la Iglesia aporta principios firmes y da pistas para afrontar esta situación y corregir errores para que no vuelva a suceder:
En primer lugar la afirmación de la centralidad de la persona: “La persona tiene una dignidad inviolable (R.N. 30), es autora, centro y fin de todas las instituciones sociales (M.M. 219), a ella deben ajustarse las estructuras económicas y el orden social (M.M. 83), en función de ella deben ordenarse los bienes de la tierra (G.S. 12), a su servicio ha de estar la economía y el desarrollo (P.P. 26 y G.S. 63)”.
En segundo lugar la consideración del bien común como fundamento del orden político-social: “La razón de ser de cuantos gobiernan radica por completo en el bien común (P.T. 54) y además su consecución es un factor de estabilidad social (R.H. 17)”. “Razones de justicia y equidad pueden exigir, a veces, que los gobernantes tengan especial cuidado de los ciudadanos más débiles, que puedan hallarse en condiciones de inferioridad, para defender sus derechos y asegurar sus legítimos intereses (P.T. 56)”.
El tercer criterio es el destino universal de los bienes:”La tradición cristiana no ha sostenido nunca el derecho a la propiedad privada como algo absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la creación entera (L.E. 14)”.
Y por último la opción preferencial por los pobres: “El principio del destino universal de los bienes, exige que se vele con particular solicitud por los pobres, por aquellos que se encuentran en situaciones de marginación y…cuyas condiciones de vida les impiden un crecimiento adecuado (S.R.S. 182)”.
Con estas premisas, hacemos una invitación a presentar a los empobrecidos un Dios cercano, sensible al dolor humano, que nos exige llevar una vida austera, compartir los bienes con los que no tienen y exigir la máxima implicación de todos los agentes sociales, para que no paguen las consecuencias de la crisis justamente los que no tienen ninguna responsabilidad en su génesis. Pero cuidado, porque este anuncio, para que sea creíble, ha de ir acorde con nuestra forma de ser, de pensar y de vivir.
En concreto, como cristianos/ciudadanos, desde los principios de la DSI, para intentar estar a la altura de las circunstancias, podemos hacer muchas pequeñas cosas.
A nivel personal, sentirnos corresponsables de lo que pasa; compartir parte de nuestro tiempo de trabajo y de nuestro salario, llevar una vida austera no para acumular dinero, sino para poderlo donar; llevar una vida respetuosa con el medio ambiente; ingresar los ahorros en una banca ética, que sólo presta a entidades sociales con fines pacíficos y solidarios; marcar las dos cruces en la declaración de la renta, etc.
En la esfera parroquial aportar nuestro tiempo y dinero para atender a los empobrecidos, asumir responsabilidades en todos los foros de participación diocesana. También es importante conocer, difundir y reflexionar comunitariamente el material del Consejo Diocesano de Pastoral nº 5 “Crisis económica y propuestas operativas para las Parroquias” y la encíclica de Benedicto XVI “Cáritas in veritates”.
Y en el campo socio-político, formando parte activa en todo tipo de asociaciones, sindicatos y partidos políticos, sin cansarnos de protestar por el empobrecimiento de buena parte de la sociedad. Debemos exigir que se aporten los fondos necesarios para que se cumplan los objetivos de desarrollo del milenio de Naciones Unidas y en concreto la erradicación de la pobreza extrema y del hambre en el mundo; que haya un mayor control democrático de la actividad económica por parte de los poderes públicos; que la renta garantizada de ciudadanía se generalice a todas las familias en las que no trabaja nadie; que las distintas administraciones implementen presupuestos suficientes para desarrollar el estado de bienestar, con una mayor creación de empleo en sanidad, educación, servicios sociales, atención a la dependencia, escuelas de infancia, etc.
Consejo Diocesano de Acción Católica
Diócesis Orihuela Alicante
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